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La Iglesia Normal



IMPORTANTE PARA LA COMPRENSION DEL LIBRO
El contenido de las páginas siguientes es la substancia de varias pláticas a mis colaboradores jóvenes durante las conferencias celebradas recientemente en Shangai y Hankow. Cuando fueron dadas las pláticas, no se tenía en mira el presente libro, sino solamente mi audiencia inmediata; y el hecho de que los mensajes estuvieron destinados para la instrucción de mis colegas jóvenes explica su naturaleza intensamente práctica, y la simplicidad del estilo adoptado. En estas dos conferencias nosotros procuramos, en primer lugar, examinar la enseñanza de la Palabra de Dios con respecto a Sus iglesias y a Su obra, y en segundo lugar revisar nuestras misiones anteriores, a la luz de nuestros descubrimientos. (La palabra “nosotros” se usa en todo este libro, como entre colaboradores, porque así fue usada por los apóstoles en el libro de Hechos).

Las pláticas resultaron de valor a mis hermanos más jóvenes, y, como se tomaron notas escritas a mano, los mensajes fueron compartidos con otros. Esto resultó en muchas solicitudes para que las pláticas fuesen puestas en forma de libro. Como a las conferencias asistieron principalmente mis colaboradores más jóvenes, me sentí en libertad para instruirlos y aconsejarlos, y para discutir bastante abiertamente varios asuntos íntimos y más bien delicados. Si las pláticas hubieran sido proyectadas para una audiencia más amplia, o para que fueran publicadas, me hubiera sentido obligado a omitir muchos asuntos que fueron mencionados, y a hablar en un tono enteramente diferente. Naturalmente vacilé cuando se hizo la sugerencia de publicarlas, pero el Señor puso en claro que ésa era Su intención, de modo que no tengo opción salvo consentir. No estaba seguro si era sabio preservar el estilo original de las pláticas, con sus trazos de consejo “hermano mayor” y su matiz personal distinto; pero como varios amigos testificaron de la ayuda especial recibida a través de las partes más personales, comprendí que el libro perdería su valor más grande si aquellas fuesen eliminadas. Por lo tanto, aunque presento las pláticas revisadas en cierta medida, todavía permanecen, tanto en contenido como en estilo, casi igual que cuando fueron impartidas originalmente.

Confiamos en que los lectores de este libro tendrán en mente que sus mensajes, como se dieron originalmente, no estaban dirigidos a ellos. Fueron destinados exclusivamente para el círculo íntimo de mis asociados más íntimos en la obra, pero por una solicitud compartimos nuestros descubrimientos con el círculo más amplio de todos nuestros hermanos. El libro es algo privado hecho público; algo destinado originalmente para los pocos, extendido ahora a los muchos; así que confiamos en que nuestros lectores perdonarán algo que parezca inapropiado para el público más amplio.

Nos gustaría señalar aquí el lugar de las enseñanzas de este libro en el gran conjunto de la verdad divina, porque aquéllas tienen valor espiritual solamente cuando se mantienen en relación con éste. Durante los dieciocho años pasados, el Señor nos ha guiado a través de diferentes experiencias a fin de que podamos aprender un poco del principio así como del hecho de la cruz y la resurrección, y para aprender algo de la vida en Cristo, el señorío de Jesús, la vida corporativa del Cuerpo, la base del reino de Dios, y Su propósito eterno. Es natural, por lo tanto, que estas cosas hayan sido la carga de nuestro ministerio. Pero el vino de Dios debe tener un odre que lo contenga. En el patrón divino, nada se deja a la decisión del hombre. Dios mismo ha provisto el mejor odre para Su vino, el cual lo contendrá y lo preservará sin pérdida, obstáculo ni distorsión. El nos ha mostrado Su vino, pero también nos ha mostrado Su odre.

Nuestra obra, durante los años pasados, se ha basado en ciertos principios definidos; pero nunca hasta ahora hemos tratado de definirlos o de enseñarlos. Más bien hemos buscado, en el poder del Espíritu, enfatizar aquellas verdades que son muy queridas a nuestros corazones y las cuales, nosotros creemos, tienen relación más directa con la vida espiritual del creyente y el propósito eterno de Dios. Pero la realización práctica de aquellas verdades en el servicio del Señor de ningún modo es insignificante. Sin aquélla, todo está en el dominio de la teoría, y el desarrollo espiritual es imposible. Así que queremos procurar, por la gracia de Dios, no solamente transmitir Su buen vino, sino también el odre que El ha provisto para su preservación. Por lo tanto, las verdades expuestas en este libro deben ser consideradas en relación con aquellas enseñadas durante los dieciocho años de nuestro ministerio, y como la secuencia, no la introducción, a ellas.

Dentro del alcance de estas páginas, ha sido imposible tratar todas las preguntas relativas al tema del libro. Algunas ya las he tratado en otra parte, y otras espero tratar más adelante. El título del libro [Con respecto a nuestras misiones] explica su naturaleza. No es un tratado sobre métodos misioneros, sino un repaso de nuestra obra pasada, a la luz de la voluntad de Dios como la hemos descubierto en Su Palabra. El Señor, en Su gracia, nos había guiado por Su Espíritu en nuestro servicio anterior para El, pero deseábamos entender claramente los fundamentos sobre los cuales debe reposar toda la obra divina. Comprendí que la necesidad primaria de mis hermanos más jóvenes era ser guiados por el Espíritu y recibir revelación de El, pero no pude ignorar su necesidad de una sólida base bíblica para todo su ministerio. Por lo tanto, juntos conversamos libremente de lo que habíamos estado haciendo y cómo lo habíamos estado haciendo, y procuramos comparar nuestra obra y métodos con lo que Dios había puesto delante de nosotros en Su Palabra. Examinamos las razones bíblicas para los medios que empleábamos, y la justificación bíblica para el fin que perseguíamos; y anotamos varias lecciones que habíamos aprendido por la observación así como por la experiencia. No teníamos ninguna intención de criticar las labores de otros, ni siquiera de hacerles alguna sugerencia respecto de cómo debe ser conducida la obra de Dios; sencillamente estábamos procurando aprender de la Palabra de Dios, de la experiencia, y de la observación, cómo conducir la obra en los días que vendrían, de modo que pudiéramos ser obreros aprobados ante Dios.

El libro está escrito desde el punto de vista de un siervo mirando desde la obra hacia las iglesias. No trata con el ministerio específico al cual creemos que el Señor nos ha llamado, sino solamente con los principios generales de la obra; ni trata con „la iglesia, la cual es Su Cuerpo‟, sino con las iglesias locales y su relación con la obra. El libro no toca los principios de la obra, ni la vida de las iglesias; es solamente un repaso de nuestras misiones, como el título lo sugiere.

Las verdades mencionadas en este libro han sido aprendidas y practicadas gradualmente durante los años pasados. Numerosas correcciones han sido hechas al recibir mayor luz, y si permanecemos humildes, y Dios todavía nos muestra misericordia, creemos que habrá más correcciones en el futuro. El Señor en Su gracia nos ha dado varios asociados en la obra, todos los cuales han sido enviados sobre la base mencionada en este libro, y por sus labores, numerosas iglesias han sido establecidas en diferentes partes de China. Aunque las condiciones son sumamente diferentes en estas muchas iglesias, y los creyentes conectados con ellas difieren grandemente también —en antecedente, educación, posición social y experiencia espiritual— no obstante, hemos encontrado que si, bajo el señorío absoluto de Jesús, llegamos a ver el diseño celestial de la formación y el gobierno de la iglesia, entonces los métodos bíblicos serán tanto prácticos como fructíferos.

Si bien el libro mismo parezca tratar con el lado técnico del cristianismo, recalquemos aquí que no estamos aspirando a la mera exactitud técnica. Es la realidad espiritual lo que estamos buscando. Pero la espiritualidad no es un asunto de teoría; siempre redunda en práctica; y es con la espiritualidad en su realización práctica que trata este libro.

Es extenuante para mí, si no realmente repulsivo, conversar con aquellos que aspiran a la perfecta exactitud exterior, mientras se preocupan poco por lo que es vital y espiritual. Los métodos misioneros, como tales, no me interesan en absoluto. En efecto, es un dolor profundo encontrar hijos de Dios que no saben prácticamente nada de lo detestable de una vida que se vive en la energía natural del hombre, y que saben poco de la experiencia vital de tener a Jesucristo como Cabeza, pero entretanto son escrupulosamente cuidadosos en llegar a la corrección absoluta del método en el servicio de Dios. Muchas veces se nos ha dicho: “Estamos de acuerdo con ustedes en todo”. ¡Ni mucho menos! ¡En realidad no estamos de acuerdo en absoluto! Esperamos que este libro no caiga en las manos de aquellos que desean mejorar su obra por medio de mejorar sus métodos, sin arreglar su relación con el Señor; pero esperamos que tenga un mensaje para los humildes que han aprendido a vivir en el poder del Espíritu y no tienen confianza en la carne.

Es muerte tener un odre sin vino, pero es una pérdida tener vino sin un odre. Debemos tener el odre después que tengamos el vino. Pablo escribió la epístola a los Efesios, pero él también tuvo la capacidad de escribir la epístola a los Corintios; Corintios nos presenta las verdades de Efesios en la expresión práctica. ¡Sí, el escritor de Efesios también fue el escritor de Corintios! ¿Pero por qué es que los hijos de Dios nunca han tenido contenciones serias sobre las verdades de Efesios, sino siempre sobre las verdades de Corintios? Porque la esfera de Efesios está en los lugares celestiales, y sus verdades son puramente espirituales, entonces si hay alguna diversidad de opinión respecto a ellas, a nadie le afecta mucho; pero las enseñanzas de Corintios son prácticas y tocan la esfera terrenal, de este modo, si existe la más mínima diferencia de opinión, se percibe inmediatamente una reacción. ¡Sí, Corintios es muy práctica! ¡Y prueba nuestra obediencia más de lo que lo hace Efesios!

El peligro de aquellos que saben poco acerca de la vida y de la realidad es enfatizar la mera corrección externa; pero aquéllos para quienes la vida y la realidad son un asunto de suprema importancia, la tentación es desechar el modelo divino de las cosas, pensando que es legal y técnico. Ellos creen que tienen lo mayor y que por lo tanto pueden desechar lo menor. Como resultado, cuanto más espiritual es un hombre, más libre se siente para hacer lo que estima conveniente. Considera que él mismo tiene la autoridad de decidir en los asuntos externos, y hasta imagina que pasar por alto los mandamientos de Dios respecto de ellos es una indicación de que él ha sido libertado de la legalidad y que está andando en la libertad del Espíritu. Pero Dios no ha revelado solamente las verdades que tienen que ver con nuestra vida interior; El también ha revelado las verdades relacionadas con la expresión externa de aquella vida. Dios valora la realidad interior, pero El no ignora su expresión exterior. Dios nos ha dado Efesios, Romanos y Colosenses, pero El también nos ha dado Hechos, las epístolas a Timoteo y las epístolas a los Corintios. Podemos pensar que es suficiente que Dios nos instruya a través de Romanos, Efesios y Colosenses en cuanto a nuestra vida en Cristo, pero El ha considerado necesario instruirnos a través de Hechos, Corintios y Timoteo, en cuanto a cómo hacer Su obra y cómo organizar Su iglesia. Dios no ha dejado nada a la imaginación ni a la voluntad humanas. El hombre teme usar a un siervo que razona poco, pero Dios no quiere usar a uno que razona demasiado; todo lo que El requiere del hombre es simple obediencia. “¿Quién fue su consejero?” preguntó Pablo (Ro. 11:34). El hombre gustosamente ocuparía el puesto, pero Dios no tiene necesidad de consejero. No es de nuestra competencia sugerir cómo pensamos que la obra divina debería ser hecha, sino más bien preguntar en todo: “¿Cuál es la voluntad del Señor?”

Los fariseos limpiaban el exterior del plato, pero dejaban el interior lleno de impureza. Nuestro Señor los reprendió por dar tanta importancia a las cosas externas, e ignorar lo interno; y muchos del pueblo de Dios concluyen de la reprensión del Señor que, siempre que se le dé énfasis al aspecto interior de la verdad espiritual, todo está bien. Pero Dios demanda tanto la pureza interior como la pureza exterior. Tener lo externo sin lo interno es muerte espiritual, pero tener lo interno sin lo externo es solamente vida espiritualizada. Y la espiritualización no es espiritualidad. Nuestro Señor dijo: “Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mt. 23:23). No importa cuán insignificante parezca algún mandamiento divino, es una expresión de la voluntad de Dios; por lo tanto nunca nos atrevamos a tratarlo livianamente. No podemos descuidar el más pequeño de Sus mandamientos sin sufrir pérdida. La importancia de Sus requisitos puede variar, pero todo lo que es de Dios tiene propósito eterno y valor eterno. Por supuesto, la mera observancia de formas externas de servicio no tiene valor espiritual en absoluto. Todas las verdades espirituales, sea que pertenezcan a la vida interior o exterior, están sujetas a ser legalizadas. Todo lo que es de Dios —sea externo o interno— si está en el Espíritu es vida; si está en la letra es muerte. Así que la pregunta no es si es externo o interno, sino si está en el Espíritu o en la letra. “La letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Co. 3:6). Nuestro deseo es aceptar y proclamar toda la Palabra de Dios. Anhelamos ser capaces de decir con Pablo: “No he rehuido anunciaros todo el consejo de Dios” (Hch. 20:27). Nosotros buscamos seguir la guía del Espíritu de Dios, pero al mismo tiempo buscamos poner atención a los ejemplos que se nos muestran en Su Palabra. El guiar del Espíritu es precioso, pero si no hay ejemplo en la Palabra, entonces es fácil substituirlo por nuestros pensamientos falibles y sentimientos infundados, siendo llevados hacia el error sin darnos cuenta. Si uno no está preparado para obedecer la voluntad de Dios en toda dirección, es fácil hacer cosas contrarias a Su Palabra y, aún así, imaginar que uno está siendo guiado por el Espíritu de Dios. Nosotros hacemos hincapié en la necesidad de seguir tanto el guiar del Espíritu como los ejemplos de la Palabra, porque comparando nuestras formas con la Palabra escrita podemos descubrir la fuente de nuestra guía. La guía del Espíritu siempre armonizará con las Escrituras. Dios no puede guiar a un hombre de una forma en Hechos y de otra forma hoy día. En cosas exteriores la guía puede variar, pero en principio siempre es la misma, puesto que la voluntad de Dios es eterna, y por ende, inmutable. Dios es el Dios eterno; El no conoce tiempo, y Su voluntad y todos Sus métodos llevan el sello de eternidad. Siendo esto así, Dios nunca podría actuar de una forma una vez y de otra forma más tarde. Las circunstancias pueden diferir y los casos pueden diferir, pero en principio la voluntad y los métodos de Dios son exactamente los mismos hoy día tal como lo fueron en los días de Hechos.

Dios dijo a los israelitas: “Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres” (Mt. 19:8), pero el Señor Jesús dijo: “Lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mt. 19:6). ¿No hay una discrepancia aquí? ¡No! “Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas desde el principio no ha sido así” (Mt. 19:8, gr.). No es que en el principio era permitido, y que más tarde llegó a prohibirse, y que más tarde aún llegó a ser permitido otra vez, como si Dios fuese un Dios variable. No, el Señor dijo: “Mas desde el principio no ha sido así”, mostrando que la voluntad de Dios nunca se había alterado. Desde el principio en adelante, hasta hoy, es exactamente igual. Aquí hay un principio muy importante. Si deseamos conocer la mente de Dios, debemos mirar Sus mandamientos en Génesis y no mirar Sus concesiones ulteriores, porque cada permiso subsecuente tiene esta explicación: “por la dureza de vuestro corazón”. Es la voluntad directiva de Dios la que deseamos descubrir, no Su voluntad permisiva. Deseamos ver cuál fue el propósito de Dios desde el principio. Deseamos ver las cosas tal como eran cuando procedieron en toda su pureza de la mente de Dios, no lo que ellas han llegado a ser a causa de la dureza de corazón por parte de Su pueblo.

Si queremos comprender la voluntad de Dios respecto de Su iglesia, entonces no debemos investigar cómo El guió a Su pueblo el año pasado, o hace diez años, o cien años atrás, sino que debemos remontarnos al principio, al “génesis” de la iglesia, para ver lo que El dijo e hizo entonces. Es allí donde encontramos la expresión más alta de Su voluntad. Hechos es el “génesis” de la historia de la iglesia, y la iglesia en los tiempos de Pablo es el “génesis” de la obra del Espíritu. Las condiciones en la iglesia hoy día son sumamente diferentes de lo que fueron entonces, pero estas condiciones actuales nunca podrían ser nuestro ejemplo ni nuestra guía autoritaria. Nosotros debemos volvernos al principio. Solamente lo que Dios en el principio ha expuesto como nuestro ejemplo es la voluntad eterna de Dios. Es la norma divina y nuestro modelo para todo el tiempo.

Una palabra de explicación puede ser necesaria con respecto a los ejemplos que Dios nos ha dado en Su Palabra. El cristianismo está edificado no solamente sobre preceptos, sino también sobre ejemplos. Dios ha revelado Su voluntad, no solamente por medio de dar órdenes, sino también por medio de hacer que se realicen ciertas cosas en Su iglesia, para que en las épocas venideras otros sencillamente pudieran mirar el modelo y conocer así Su voluntad. Dios ha dirigido a Su pueblo no solamente por medio de principios abstractos y reglamentos objetivos, sino también por medio de ejemplos concretos y experiencia subjetiva. Dios usa preceptos para enseñar a Su pueblo, pero uno de Sus métodos principales de instrucción es la historia. Dios nos dice cómo otros conocieron e hicieron Su voluntad, para que nosotros, mirando sus vidas, no solamente conozcamos la voluntad de El, sino que también veamos cómo hacerla. El obró en sus vidas, produciendo en ellos lo que El mismo deseaba, y nos pide que los miremos a ellos, para que sepamos lo que El está buscando.

¿Nosotros, entonces, diremos que puesto que Dios no ha mandado cierta cosa no es necesario que la hagamos? Si hemos visto cómo El trató con los hombres en los días pasados, si hemos visto cómo guió a Su pueblo y edificó Su iglesia, ¿podemos todavía alegar ignorancia de Su voluntad? ¿Es necesario que a un niño se le diga explícitamente cómo hacer cada cosa? ¿Cada detalle debe ser mencionado separadamente de cosas permitidas y no permitidas? ¿No hay muchas cosas que él puede aprender simplemente observando a sus padres o a sus hermanos y hermanas mayores? Nosotros aprendemos más rápidamente por lo que vemos que por lo que oímos, y la impresión en nosotros es más profunda. Es por esto que Dios nos ha dado tanta historia en el Antiguo Testamento, y los Hechos de los Apóstoles en el Nuevo. El sabe que nosotros aprendemos más fácilmente por el ejemplo que por el precepto. Los ejemplos tienen mayor valor que los preceptos, porque los preceptos son abstractos, mientras que los ejemplos son preceptos llevados a la práctica. Mirándolos, no solamente sabemos cuáles son los preceptos de Dios, sino que tenemos una demostración tangible de su realización. Si tratamos de eliminar los ejemplos del cristianismo y dejamos solamente sus preceptos, entonces no nos quedará mucho. Los preceptos tienen su lugar, pero los ejemplos no tienen un lugar menos importante, aunque obviamente la conformidad al modelo divino en las cosas externas es mera formalidad si no hay correspondencia en la vida interior.

En conclusión, permítaseme enfatizar el hecho de que éste no es un libro sobre métodos misioneros. Los métodos no deben ser menospreciados, pero en el servicio de Dios lo que más importa es el hombre, no sus métodos. A menos que el hombre esté correcto, los métodos correctos serán inútiles para él o para su obra. Los métodos carnales son apropiados para los hombres carnales, y los métodos espirituales, para los hombres espirituales. Que los hombres carnales empleen métodos espirituales solamente resultará en confusión y fracaso. Este libro está destinado a aquellos que, habiendo aprendido algo de la cruz, conocen la corrupción de la naturaleza humana, y buscan andar, no según la carne, sino según el Espíritu. Su objetivo es ayudar a aquellos que reconocen el señorío de Cristo en todas las cosas, y procuran servirle en la manera designada por El, y no en la de la elección personal de ellos. En otras palabras, está escrito para aquellos que están en la riqueza de las verdades de Efesios, para que sepan cómo expresar su servicio según las directrices de Corintios. Que ninguno de mis lectores use este libro como una base para arreglos externos en su obra, sin permitir que la cruz trate drásticamente con su vida natural.

En la obra de Dios todo depende de qué tipo de obrero es enviado y de qué tipo de convertido es producido. En cuanto al convertido, es indispensable un nacimiento nuevo y verdadero en el Espíritu Santo, y una relación vital con Dios. En cuanto al obrero, además de la santidad personal y la investidura para el servicio, es esencial que él tenga un conocimiento experimental del significado de comprometerse con Dios, y que tenga fe en Su providencia soberana. De otro modo, no importa cuán bíblicos sean los métodos empleados, el resultado será derrota y vacío.

Al Señor y a Su pueblo encomiendo este libro, con la oración de que lo use para Su gloria, como El lo vea conveniente.

W. Nee Shangai Enero de 1938